jueves, 20 de octubre de 2016

EL ASOMBRO Y EL POEMA.

El poema ha de construirse desde el asombro. Es ahí donde se escriben -aún sin palabras- los primeros versos del poema.
No hablo de curiosidad. La curiosidad alberga un deseo de complacencia, de respuesta. La curiosidad es el principio de una búsqueda; anhela reciprocidad.
Mirar el mundo con asombro devuelve preguntas, plantea dudas, desordena; no da respuestas: incita a la pregunta.
Primero está el asombro: el arrebato de la sorpresa, y luego, horas, días o meses después, se revela el desorden fruto del asombro. En ese ejercicio de vestir con palabras las secuelas del asombro, nace la intención del poema. No hay intención si antes no hubo asombro.
En el papel, el poema se descubre, atento siempre a lo de fuera y a lo de dentro. No con la mirada de la búsqueda, sino con la del encuentro.